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Las feministas y el juego a la ultraderecha

El nuevo mantra que se repite desde que Santa Judith Butler lo dijo en una entrevista en The Guardian en septiembre de 2021 (luego corregida por el diario porque les pareció excesivo) es que las feministas contrarias a la autodeterminación de género hacemos el juego al fascismo. Después esta cantinela se ha multiplicado y repetido, como no podía ser menos, por otras tantas voces con pretensiones transgresoras, la última Chiara Bottici en una entrevista en El País (2 de enero de 2022) y otros grandes filósofos que nos van a iluminar en breve sobre cómo el viejo feminismo le hace el trabajo a la ultraderecha. En este caso van a salir datos, fechas, nombres y apellidos de todas esas pérfidas fascistas que se empeñan en seguir oponiéndose a la ley trans. ¡Mira como tiemblo!

La conclusión que se desprende de este aserto, señoras mías, es que las feministas tenemos que callarnos, porque con nuestras reflexiones, nuestras argumentaciones y nuestras divergencias con teorías tan consolidadas y científicas como las que se están expandiendo estamos poniendo en riesgo la convivencia, la democracia y hasta la civilización.

Así que, señoras, para no hacerle el juego a la ultraderecha tenemos que aceptar calladitas que en el club de las mujeres entre quien quiera, sin tener que demostrar nada, porque según la teoretilla queer el del segundo sexo es un espacio habitado por múltiples cuerpos, no importa qué morfología tengan. Siguiendo esta lógica tenemos que aceptar en un silencio sepulcral que en el deporte compitan cuerpos diversos que se sienten mujeres, porque ¿cómo nos vamos a atrever a cuestionar los sentimientos de nadie? También tenemos que aceptar sin rechistas que en las cárceles de mujeres sean ingresados varones que tras un historial delictivo descubren que en realidad son dulces damiselas. Todo lo más que podemos pedir es que repartan preservativos entre las reclusas como forma de evitar embarazos no deseados perpetrados por las candorosas compañeras de celda con penes femeninos.

Y qué decir lo en silencio que tenemos que aceptar para no hacer el juego a la derecha que las criaturas que no se ajusten a los estereotipos o roles de género sean persuadidas de que son del sexo contrario, favorecer el bloqueo de la pubertad y su posterior hormonación de por vida para que se sientan plenamente liberadas del cuerpo en el que nacieron por error. Y nada de poner de relieve que de los transmasculinos solo se habla cuando se embarazan o amamantan, mientras que los transfemeninos están hasta en la sopa, reciben premios, ganan medallas, ejercen cargos públicos, protagonizan series, dirigen empresas o son presentados como modelos a seguir.

Pero además tenemos que decir amén ante la violencia creciente que las mujeres padecen por el hecho de haber nacido hembras, ignorar las mutilaciones que se cometen en el cuerpo de las niñas,  hacer oídos sordos al casamiento infantil, a la venta de adolescentes y mujeres para la prostitución,  a la exclusión de las chicas en la escolarización, al apartheid y al velado de las mujeres para que no provoquen. Tenemos que callarnos ante la evidente brecha salarial, la falta de representación pública, la cosificación del cuerpo femenino, el desigual reparto de las tareas de cuidado, y así hasta un infinito listado de agravios que tenemos que silenciar porque si no estamos favoreciendo a la ultraderecha. Como calladas tenemos que permanecer cuando son los aliados del feminismo los que cometen las tropelías, incluido asesinar a su hija, como el reciente caso de Madrid.

Y se nos conmina a que estemos en silencio porque no aceptamos la mayor, a saber, que ser mujer haya sido reducido a un sentimiento interior que cualquiera pueda esgrimir sin posibilidad de discusión. Cualquier día Putin, Bolsonaro, Pedro Sánchez o el mismísimo Trump se autoidentifican como mujeres y no podemos decir ni mu.

Pitágoras, Confucio, Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás, Hobbes, Descartes, Hegel,  Kant, Rousseau, Nietzsche o Schopenhauer son solo algunos de los cientos de pensadores que han contribuido a definir lo que es ser mujer a lo largo de la historia. Si tenemos que volver a redefinir la naturaleza humana, lo que es ser hombre o mujer, hagámoslo, pero no esperen que las feministas permanezcamos calladas esta vez. No vamos a permanecer mudas viendo cómo se redefine lo que es ser mujer sin nuestra participación. Las mujeres ya fueron calladas por imperativo legal o social demasiado tiempo. Ahora no vamos a permitir que se nos silencie de nuevo. Y mucho menos con la acusación de que si hablamos hacemos el juego a la ultraderecha.  Ya lo pueden repetir como loros presuntas lumbreras intelectuales como Judith Butler,  Chiara Bottici o Raúl Solís.

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