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Filósofos horrorizados y otros escándalos invisibles

Leo por ahí que algunos filósofos se hallan horrorizados porque en algunos libros de texto se tacha a Platón o Aristóteles de machistas. Lo fueron, sin duda, aunque por supuesto hay que situarlos en un contexto diferente donde no existían los parámetros igualitarios entre sexos que manejamos en la actualidad. Hay que estudiarlos con espíritu crítico, pues junto con todos los que vinieron después cimentaron nuestra cultura y forjaron una visión androcéntrica del mundo que es necesario analizar para entender por qué todavía sigue existiendo una desigual manera de enjuiciar los comportamientos de hombres y mujeres, y que se refleja en las costumbres, las creencias, las prácticas sociales y… ¡ay!, en las leyes.

Pero no solo los filósofos deberían estar horrorizados. Deberían estarlo mucho más los psicólogos ante la tendencia a considerar transfobia cualquier terapia que vaya en contra de la “afirmación” de la identidad de género ya sea expresada por criaturas de jardín de infancia o de primaria. El caso de Carola López (@mamaresiliente), expedientada por la Junta de Andalucía por sus opiniones críticas en Twitter sobre la identidad de género y por sostener que el sexo es binario debería haber hecho saltar todas las alarmas a este colectivo. De momento no han dicho esta boca es mía.

Horrorizados deberían estar los profesionales de la medicina, la biología y la ciencia ante los desmanes que se están cometiendo con la administración de bloqueadores de la pubertad a niños y adolescentes ante el menor síntoma de disconfort con sus cuerpos, a los que se aboca a la transición social de sexo sin la prevención, la escucha y la prudencia que tales síntomas requerirían. Ahí están, sin pronunciarse sobre si el sexo es binario, trinario o espectral.

Escandalizado debería estar el profesorado de primaria y secundaria, a los que se está convirtiendo en policías de género, adoctrinando con cursos o materiales acientíficos, y a los que se incita a detectar si las criaturas se ajustan o no a los estereotipos asociados a su sexo, y a aceptar sus nuevos nombres o identidades sentidas a veces sin ni siquiera el conocimiento de los padres o tutores.

Escandalizado debería estar el profesorado universitario ante los cada vez más frecuentes ataques a la libertad de cátedra por parte de alumnado que dictamina quién está legitimado para impartir docencia según sea su posición respecto a conceptos sin ninguna consistencia teórica o empírica. Que a Judith Butler se le ocurriera un buen día que el sexo es una construcción social no convierte esta postura en evidencia científica incuestionable equiparable al hecho de que la tierra es redonda o a la teoría de la relatividad. Abducidos están en sus torres de marfil, más callados que en misa, no sea que peligre su aparente infalibilidad.

Escandalizados deberían estar los juristas y abogados ante las nuevas formulaciones que se están introduciendo en la legislación, como “identidad de género”, “sexo asignado al nacer”, “autodeterminación de género” “mujeres cis” “persona no binaria” y otros conceptos de reciente aparición que están posibilitando que las mujeres deban aceptar situaciones que las perjudican (deportes, cárceles, hospitales, espacios reservados, etc.) bajo amenaza de ser denunciadas por delitos de odio. ¿Han hecho algún manifiesto o expresado dudas sobre esas nuevas denominaciones? No, solo amén.

En definitiva, hay muchos sectores profesionales que deberían estar escandalizados de que sin evidencias científicas que sustenten algunas teorías actuales se haya impuesto un pensamiento cuasi místico que impide la libre expresión de las ideas, el debate racional o la discrepancia teórica. Y ahí están, callados, elogiando cobardemente el traje nuevo del emperador, mientras las feministas nos desgastamos y desgañitamos gritando que no, que el emperador está desnudo y que por mucho que nos desprestigien no vamos a aceptar el fraude intelectual.

Y sí, tenemos que seguir estudiando a Platón, Aristóteles, a Nietzsche o a Rousseau, porque solo mediante el análisis crítico y el pensamiento racional podemos poner coto a las disparatadas y falsas ideas que hoy día se han instalado como si fuesen la verdad. Y no, no lo son.

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