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Cuando la política se convierte en religión

Política es según la definición más corriente la ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades. Las cosas pueden organizarse de una manera o de otra. No existe un orden divino ni natural por el cual las cosas tienen que ser como son. Hoy se organizan así, pero mañana podrían organizarse de otra manera. La larga historia de la humanidad nos enseña que la organización social no siempre ha sido la misma.

Sin embargo, algunas cuestiones que son totalmente políticas – y por tanto, susceptibles de organizarse de maneras diferente– acaban transformándose en religión, y por tanto en tabúes, en creencias incuestionables, en dogmas de fe. Hay muchos ejemplos de ello, pero yo conozco bien dos:  la concerniente a la inmersión lingüística en catalán y la reciente elevación a los altares del género como identidad. Aunque aparentemente distintas, ambos ejemplos han seguido el mismo camino: la imposibilidad de ponerlas en cuestión.

Por lo que respecta a la primera, cuestionar la inmersión lingüística es convertirse en hereje. Son cosas que no se pueden debatir porque están ungidas de principios sagrados. Así, hay que aceptar como un mandato divino el hecho de que la lengua vehicular sea el catalán, desplazando a los márgenes de la educación la otra lengua cooficial hablada en Cataluña.  ¿Por qué hay que aceptar este dogma?  Porque si.  Debe ser el único país en el mundo que no escolariza  (o muy tangencialmente) al alumnado en la lengua propia o familiar de más del 50% de la población. ¿Razones? Todas divinas, ninguna humana.

Si hay que dar algunas razones son de este cariz: primera, el catalán es la lengua propia de Cataluña y segunda, está en desventaja respecto al castellano, por lo que hay que protegerla. La primera de las razones olvida que son las personas las que hablan, no los territorios, que pueden cambiar según cambien sus poblaciones. La segunda es verdad, pero quizá habría otras maneras mejores de protegerla, y no haciendo que gran parte de los escolares tengan que aprender su propia lengua fuera de la escuela. Porque aprenderla la aprenden, claro, cómo no van a aprenderla si es la que tiene más presencia social. También los analfabetos saben hablar.

La otra cuestión política elevada recientemente a religión es la imposibilidad de cuestionar la denominada “identidad de género” o afirmar que el sexo es binario, so pena de ser tildada de infiel y expulsada de la congregación. Esta religión tiene cada día más fieles en todo el mundo, hasta el punto de estar despidiendo de sus trabajos a personas que no la profesan, investigadoras de sus universidades, docentes de sus centros, así como silenciando voces discrepantes, acallando críticas, expandiendo el miedo a la excomunión pues no otra cosa hacen las religiones cuando se cuestionan sus dogmas. ¿Dónde están las instituciones médicas defendiendo por ejemplo que no asignan el sexo al nacer, sino que lo constatan? ¿Dónde los medios investigando sus consecuencias? No saben, no contestan ni quieren saber.

Las dos religiones citadas, una local y otra universal, esconden entre preceptos religiosos asuntos que son totalmente mundanos, políticos y organizativos, y se libran así de tener que dar argumentos razonados para justificar su poder. Estamos bajo las sotanas del clero y, como en cualquier religión, ante los dogmas de fe solo se puede asentir.  Suerte que cada día hay más infieles, más incrédulas, más ateas, más rebeldes, más gente que no está dispuesta a bajar la cabeza y responder Amén.

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