Como parece ser que a los medios generalistas no les interesa la reflexión que contiene este texto, retomo mi blog donde puedo publicar -de momento-, lo que me parece oportuno y creo que puede dar elementos de reflexión a quien lo quiere leer.
“Para hacer grandes cosas es preciso ser tan superior como lo es el hombre a la mujer, el padre a los hijos y el amo a los esclavos” decía Aristóteles en su Política hace casi 25 siglos, atribuyendo una superioridad moral al hombre, al padre y al amo. Este aserto aristotélico no contemplaba la situación de desventaja social de las mujeres, de los hijos o de los esclavos, sino que atribuía un rasgo de superioridad moral: ser hombre, ser padre o ser amo era tener más valor que ser mujer, ser hijo o ser esclavo.
Andando el tiempo, los seres humanos hemos seguido atribuyendo esa superioridad moral a situaciones desventajosas que nada tienen que ver con ser mejor o peor persona, pero que constituye una retórica muy eficaz para compensar moralmente la desigualdad social. Una especie de premio de consolación. Durante mucho tiempo la “superioridad moral” fue otorgada a la clase trabajadora. No era infrecuente casos de personas acomodadas que abrazaban la causa de los obreros, renegando de su propio origen social. Cierto que casi nunca renunciaron al colchón económico que les ofrecía su procedencia, pero públicamente se comprometían con las demandas de los trabajadores, e incluso pudieron sufrir persecución por ello. Pero la clase trabajadora casi desapareció cuando la gente empezó a considerarse “clase media” y la causa obrera se disgregó y fue sustituida por la miríada de identidades que conforman el mundo actual. Sin embargo, la idea de “superioridad moral” del desfavorecido no ha desaparecido, sino que, en algunos casos, incluso está asfixiando a los que supuestamente gozan de mejor situación.
Voy a poner tres ejemplos actuales donde esta “superioridad moral” se otorga a grupos o colectivos en situación de desventaja y que por mera reacción está produciendo movimientos de rechazo a lo que en algún momento fue visto con condescendencia o incluso con simpatía.
Superioridad moral de las personas “racializadas” respecto a los blancos: ser negro, tener la piel oscura o pertenecer a una minoría étnica otorga un plus de bonhomía de la que se supone carecen los blancos, a los que se reprocha gozar de privilegios por el mero hecho de haber nacido con la piel clara. Herederos de los colonizadores, han de arrastrar el “pecado” de haber saqueado los pueblos del sur, aunque su situación actual sea tan precaria como la de los más desfavorecidos. En casos extremos, se elude investigar delitos de personas “racializadas” para no ser acusados de racismo, como fue el caso de la red pakistaní de prostitución de chicas vulnerables en Reino Unido (2008-2012) que se plasmó en la serie Three girls (La infamia, en español). La situación desventajosa de las personas “racializadas” no las convierte en mejores, humanamente hablando.
Superioridad moral de las mujeres respecto a los hombres:que las mujeres han estado –y están– en una situación desventajosa es una realidad. Padecen una violencia específica, sufren de mayor precariedad laboral, se encargan del trabajo no remunerado de los cuidados, afrontan mayor presión social por sus cuerpos, etc. Durante un tiempo la mayoría de los hombres se solidarizó con las reivindicaciones de las mujeres, que consideraban justas… hasta que empezaron a percibir como excesivas las políticas públicas de acción positiva. Por poner un ejemplo, la noción de “violencia machista” se exacerbó tanto que incluso casos como el beso de Rubiales a Jenny Hermoso se juzgó como delito, cuando pudo ser un abuso de autoridad o un acto reprobable, pero en ningún caso una agresión sexual. Las mujeres pueden tener una situación desventajosa, pero eso no las convierte en “mejores” personas que los hombres.
Superioridad moral de las “sexualidades disidentes” respecto a los heterosexuales:
Que las lesbianas y homosexuales han estado –y están – proscritos, estigmatizados y penalizados en muchos lugares del planeta es una evidencia. Han sufrido persecución, ostracismo y desprecio histórico. Sin embargo, el enaltecimiento actual de las denominadas “sexualidades disidentes” llega a veces a resultar apabullante, sobre todo con el despliegue de actos, manifestaciones, banderas u otros elementos simbólicos que convierten las ciudades en un catálogo LGTBIQ+. Otorgar valor político a la homosexualidad, como hizo IU en las elecciones andaluzas (mayo 2026) al señalar la orientación sexual de sus candidatos/as no parece que sea la mejor estrategia para captar votos. Ser “gay” arrastra una historia de discriminación, pero no convierte a nadie en un político más eficaz.
Los desfavorecidos explotan hábilmente esta especie de “complejo de culpa” o sentimiento colectivo de responsabilidad que arrastran los grupos hegemónicos para que estos lleguen a sentirse avergonzados de su propio estatus y busquen alinearse con los grupos desfavorecidos, aunque no formen parte de ellos (hombres que hablan de sí mismos en femenino; mujeres que defienden el velo islámico; laicos que aceptan prácticas religiosas ajenas; blancos que denigran los valores y logros occidentales; heterosexuales que entronizan al colectivo trans, etc.). Ponerse un pin de Palestina o una bandera arcoíris parece que te dote de una cualidad moral superior.
Esta superioridad moral de los grupos en desventaja se resquebraja, sin embargo, cuando aquellos que están en una supuesta posición hegemónica (blancos, hombres, heterosexuales) empiezan a considerar deseable la posición de los desfavorecidos, a quienes acusan de aprovecharse del sistema o ser beneficiados por las políticas públicas en detrimento de su propia situación, que ven menguada, cuestionada y para postre desdeñada moralmente. La simpatía con la que en principio se observan las causas minoritarias se transforma en resentimiento, en rencor o en abierta hostilidad.
¿Cuánta de esta amargura está en el origen del auge de los movimientos de ultraderecha? Podríamos analizar la cuestión desde este punto de vista, pero eso es materia para otro artículo.
Hay que dejar de otorgar superioridad moral a lo que no son sino situaciones de desventaja social, y abordar los problemas con soluciones terrenales y no con indulgencias celestiales, que, como su nombre indica, no son de este mundo.